I
Un hálito de muerte sopla sobre la Villa Rica de la Vera-Cruz.
Lúgubre, destacándose imponente en el silencio de la noche, suena el toque de queda.
Cruzan apresuradamente los rezagados, deseando llegar cuanto antes a sus hogares, pues les cosquillea cierto temblorcito de espanto, que no se atreven a confesar a que se deba.

Allá lejos, por sobre las murallas, surge el grito de los centinelas que vibra escalofriante: .......... Centinelaaaaaa..... alertaaaaaa....

Y envuelve a la ciudad un ambiente de tragedia que se adentra en pocilgas y en palacios.

Son las nueve de la noche.
¡La Villa Rica es una ciudad muerta!
¡Corren absurdos rumores!

Se habla con misterio y hasta con horror, de que cuando todos duermen, una alma en pena vaga por las callles y se aparece a los trasnochadores, que mueren de terror.
Dicese que los infelices a quienes se ha aparecido esa alma, sólo tienen tiempo de encomendarse a Dios; pero nadie sabe en realidad de que se trata, aunque quién sabe de donde han salido rumores de que la aparición es una mujer lujosamente ataviada que cautiva y hechiza a sus victimas. Y se comenta en voz baja, que por cierto es como deben comentarse estas cosas de brujas y aparecidos, que es precisamente en las crudas noches de invierno cuandoi especialmente visita la Villa Rica esa alma en pena. Por ello es que apenas los vientos del Norte soplan sobre la Vera-Cruz, las puiertas son atrancadas, las familias se recogen, encienden lámparas y cirios, y la ciudad entera se entrega al terror.
Pero invariablemente, rompe el silencio absoluto de la noche el grito de arrepentimiento y muerte:

¡Líbranos Señor!

Una nueva victima se añade a la lista que ya es bastante larga.
Y el ánima en pena tiene sometida a la ciudad, que respira sobrecogida de horror....

II
Trasnochador, mujeriego y jugador, el joven caballero Don Luis Vázquez de Guzmán llega a la Villa Rica de la Vera-Cruz.
Trae bien repleta la escarcela, y confia en que, por su fortuna y por su gallardia, en esta tierra agregará nuevos lauros a su triunfal cadena de conquistador, además que encontrará algunos ricos bolsillos cuyo contenido trasladará a los suyos.
Y bizarro y pendenciero, Don Luis no desperdicia ocasión ni de reñir , ni de amar.
Una suerte loca le acompaña en sus andanzas, y salvo leves contratiempos que solo han servido para dar mayor emoción a su vida, siempre logra lo que se propone; por igual ha sabido vencer las virtudes de doncellas recatadas, que arrebatar fortunas a quienes por su desdicha las han puesto al alcance de sus profundos conocimientos en el juego. Y siendo joven y vigoroso, habilísimo con la espada, jamás ha dado un paso atrás en duelos ni en riñas, que lo atraen además como todo lo que significa peligro y emoción.

Lujosamente ataviado, el señor Vázquez de Guzmán recorre las calles de la ciudad luciendo su esbelto porte y anotando en el libro de su memoria los nombres de aquellás a quienes rendirá a sus brazos, y los de aquéllos a quienes arrancará sus dineros; su mirada de águila se posa avizora sobre sus futuras víctimas, y ya está trabando conocimiento con personas de polendas a quienes seduce con sus bellas prendas, y quienes le servirán para introducirse en los salones palaciegos donde pretende, y seguramente logrará, asestar sus golpes preferidos en asusntos de amores y en asuntos de cuartos.
Así es también como Don Luis se entera del terror que envuelve a la ciudad; y él hombre de pelea y de audacia, se asombra de que no exista en la Villa Rica, quien se atreva a ahuyentar al espíritu que tantas victimas está causando. Ríe jactanciosos, entre la estupefacción de sus oyentes y proclama en plena plaza pública que él es suficiente hombre para habérselas con vivos y con muertos...
Es inútil que los buenos vecinos le informen de la suerte horrible que han corrido algunos jóvenes valerosos e imprudentes que pagaron con la vida pretensiones idénticas a las que él ahora expone; es inútil que por laástima a la juventud del mancebo,le rueguen que no se empeñe en tal empresa; Don Luis Vázquez de Guzmán rie, hace burla del miedo popular, y lanza el guante al espacio, dizque para que sea recogido ´por aquella alma en pena a la cual, según expresa, volverá a los profundos infiernos de donde seguramente procede....

III
Pasan los meses, Don Luis Vázquez de Guzmán es el hombre de moda en la Villa rica, pues desde aquellos tiempos, como ahora, se tenía costumbre de entregarse abiertamente a los recién venidos, y más si éstos se mostraban como personas posibles, que el dinero es poderoso y en habiéndolo, nadie se ocupa más que de inclinar la espina dorsal para congraciarse con los ricos hombres.
Toda la ciudad ha comentado el reto audaz de Don Luis, acogido con entusiasmo por unos, con despecho por otros, y con lástima por los más. Pero el alma en pena no ha vuelto a aparecer, quizás esperando el retorno del invierno, aunque se dice también que ha huido porque ya surgió quien debía obligarle a retornar al lugar donde purga sus culpas.

Y los bonos de don Luis han subido enormemente.

No hay fiesta de alto rango donde el invitado de honor n o sea nuestro héroe. No tiene éxito ni es comentada aquella reunión a la que no asiste el valiente que con su osadía ha salvado a la ciudad de las garras del terror. En plazas, en paseos y en teatros , la presencia del señor Vázquez de Guzmán es la máxima sensación; y nuestro joven aventurero bien aprovecha su posición y desarrolla en campo fértil su labor de conquistador de fortalezas femeninas y su productivo oficio de acaparador de fortunas ajenas, pues que en muchos corazones de doncellas, se paga bien caro el amor de este hombre, y son varios ya los patrimonios que han cambiado de dueño.

¡Todo es triunfo para Don Luis Vázquez de Guzmán!

Pero el sol ya no calienta con rayos de fuego.
Ya los días son mas cortos.
Ya se inicia el invierno en la Villa Rica de Vera-Cruz.

IV
Ha finalizado la reunión en el palacio del rico español Don José Alonso y, si bien es aún temprano, nadie ha podido contener la desbandada general de invitados, porque sopla un fuerte viento del Norte, la noche es lóbrega, y aunque el rey del festejo ha sido Don Luis Vázquez de guzmán, ni aun su renombre como retador y casi vencedor de aquella cosa que con solo recordarla pone espanto en los corazones, ni aún sus jactancias repetidas a porfía, han logrado evitar lo que casi parece una huida.
Y es que la noche es tromentosa; surgen torbellinos de viento y arena; lejanos rugidos de la tormenta; ruidos que se antojan tenebrosos.

¡La Villa Rica se agita inquieta!

¡Algo misterioso cubre como un manto a la ciudad!

Y todos vuelven presurosos a sus domicilios, mientras en la fiesta, el último en despedirse, altivo y arrogante, es el señor Vázquez de Guzmán , quien tiene que recorrer largo trayecto para llevar a su alojamiento.
A las recomendaciones contesta con risa vanidosa; se burla con el indiano de terror de sus amigos, repite su reto en alta voz, y abandona el palacio de Don José Alonso, quien apenas su huésped ha traspuesto el dintel, ordena atrancar puertas y ventanas, encender cirios y musitar oraciones.

Mientras tanto, el audaz aventurero emprende el camino; ahora que está solo, esa soledad le abruma; no quiere confesarse a sí mismo que el silencio es aterrador; que cuando las ráfagas del norte rompen la pesadez de aquel silencio siente calosfríos y fígurasele escuchar lamentos, quejas y gritos de espanto; luefo el silencio vuelve a reinar, imponente, absoluto....
Un perro ahúya en la lejanía, y Don Luis siente que el cabello se le eriza; con la cara descompuesta, recriminándose su cobardía, aprieta el paso. Vértigos de terror lo envuelven. La prisa se ha convertido ya en una carrera desenfrenada, pero.... súbitamente esa carrera es interrumpida; agitado y tembloroso, el señor Vázquez de Guzmán se detiene y recobra al instante la compostura; saca el pecho, limpia el sudor de su rostro; ya no es el hombre atemorizado; es ahora el Conquistador.
Porque en la inmensa soledad de la calle de las Damas, ahora avenida Cinco de Mayo, ha aparecido una mujer lujosamente ataviada que camina presurosa, con gracioso contoneo que hace derrochar armonía al conjunto de aqul cuerpo que según deja adivinar el ropaje, es encantador. Un perfume tenue, sutil y excitante embalsama el ambiente; y la doncella, -pues que el porte asegura que es doncella y rica hembra además-, camina apresurada.

¡Viene de una cita de amor?

Quizás sí; pero ahora está atemorizada también, -piensa Don Luis-, y, galante, vislumbrando otra conquista en lontananza, apura el paso para alcanzar a la dama que al sentirlo tras ellla se lanza a correr levantando la falta sin recato para tener mayor libertad, lo que le permite al enamorado doncel vislumbrar un tobillo que es un sueño.
Corre la dama, y tras ellla corre Don Luis, quien al hacerlo le dice que es un caballero dispuesto a servirla; que no tema ni desconfíe; que él es, -dice con orgullo-, Don Luis Vázquez de Guzmán.
Los ruegos del audaz tienen el resultadoque éste desearsa, porque la dama camina ahora con sereno andar; de su ser se desprende ese perfume delicado que enerva los sentidos del joven conquistador, y hasta parece que invita a éste a ir a su lado, a lo que se apresura sin perdida de tiempo, deseoso de iniciar cuanto antes el asedio que le ayudadrá a escribir una nueva página de amor.
Ya alcanza Don Luis a llegar a la esquina de lóbrega callejuela por donde da vuelta la dama, y con su característica desenvoltura, con esa audacia con que logra en todas ocasiones sus más sonados éxitos, toma una mano de la que supone recatada doncella a la vez que murmura acariciadoras ternezas y juramentos....

Es entonces cuando el viento del norte alcanza su mayor intensidad; y es entonces cuando Don Luis siente que tiene entre las suyas una mano huesuda y fría, fría témpano de hielo.

Desaparece el perfume que le embriaga los sentidos, y ahora aspira un aire fétido, una hediondez que trasciende a cádaver putrefacto; el brazo audaz del señor Vázquez de Guzmán que pretendiera ceñir el talle de la dama, encuentra sólo un ropaje flotante; y a la luz brillante de un relámpago que parece detener su rauda marcha,, ve con espanto, con el mayor terror, con enorme angustia, que esa cara que creía hechicera es sólo una calvera donde ríen los dientes de la descarnada mandíbula; de los ojos que imaginara brillantes y amorosos, sólo ve dos horrendosagujeros que lo miran sin vista; y esa horrible aparición pega ahora frenéticamente su boca sin carnes a la del infortunado doncel, en un beso macabro y asqueroso.

Y al beso de aquella boca muerta, el aventurero hidalgo Don Luis Vázquez de Guzmán, cae fulminado lanzando el grito de arrepentimiento:

¡¡LIBRANOS , SEÑOR....!!

Y "Líbranos, Señor", se llamó desde entonces aquel callejón fatídico, (llamado después de Holtzinger), por el cual nadie se atrevía a transitar hasta que desapareció sin saberse cómo, el peligro de ver aparecer aquella alma en pena que por muchos años mantuvo el terror en la Villa Rica de la Vera-Cruz.



Regresar